lunes, 11 de noviembre de 2013

LA MUJER, EL SEXO Y LOS TOROS

Es a finales de los sesentas a la fecha, cuándo la mujer comienza a sobresalir cada día más en las actividades que desempeña, en las palabras que expresa y en lo que transmite. Nos muestra cada día que pasa, que está muy lejos de ser el sexo débil que se decía eran, porque demuestran día con día que es un sexo que lucha y que se defiende de las adversidades al igual o mejor que los hombres en muchas ocasiones.

El significado de ser mujer va más allá de ser el del milagro de dar vida, o de vivir por el amor, es todavía más espiritual porque están llenas no sólo de instintos, misterio, coquetería, inteligencia o incertidumbre, también lo están de éxito, de fuerza y son muy pocas las veces que se rinden.
Sin duda alguna, la mujer es una creación de Dios y mujer es una palabra escrita por la mano del hombre para indicar lo más bello, lo más hermoso, lo más dulce y lo más amoroso que nos brinda la vida; porque además de estar llena de ternura, es el primero, el mejor y el más grande regalo que recibimos al nacer, en forma desinteresada y será siempre nuestro motivo en la vida.


Porque también es poseedora de una coquetería innata, tierna e inquietante, porque debe de ser considerada como el mejor amigo del hombre y porque es la mejor compañía para reír, llorar, charlar o pedir un consejo; porque siempre ve adelante, sabe escuchar y orienta de manera desinteresada sobre el camino o caminos que se deben tomar en algún momento de nuestra existencia.
Porque también es poseedora de un embrujo que cautiva, porque siempre es ella, porque se entrega con todo su ser a los que ama, sin importarle si es de día o de noche, ni el lugar, ni el momento para estar con quién le necesita o requiere. Y porque, también olvidamos la mayoría de las veces, que la mujer aparte de ser hija, hermana, amiga, novia, pareja, esposa, madre, prima, tía o abuela, es un ser humano excepcional, que merece siempre nuestro cariño, nuestro amor, nuestro respeto y comprensión por muchas razones más, porque la mujer es en pocas palabras el motor de la vida y del mundo.


Muchas son las creencias populares que relacionan a una mujer retratada como la amante del pintor, del compositor, del artista célebre o del torero famoso y para algunos biógrafos, el amor es el impulso de la actividad creadora. Los artistas sea cual sea el medio en que se desenvuelven, han plasmado a la mujer de la manera en que ellos la han percibido: como un sujeto pasivo, bello y sensual; han impuesto (temporalmente) su dominio masculino, asociado con el genio creador. Y por el contrario, pocas son las mujeres que han realizado el retrato de sí mismas y cuando lo han hecho, han impugnado la imagen que los artistas habían realizado de ellas. Ha sido a partir de las últimas décadas del siglo XX, cuando las mujeres han abordado las contradicciones entre la manera en que son vistas por los demás y cómo se ven a sí mismas.
De la misma manera que en los ámbitos, culturales, sociales, políticos, también en el arte, las mujeres han optado por romper los moldes que perpetúan la desigualdad. Han reflexionado en sus obras (con hechos) la manera de construir la identidad femenina, de "cultivar nuevas actitudes, ante sí mismas, ante su cuerpo y ante el lugar que ocupan en la sociedad". Estas alternativas han roto con siglos de silencio femenino, pues a lo largo de la historia han sido las mujeres las amoldadas al creador. Ellas han renunciado, muchas veces voluntariamente, a la acción, a la autonomía; sea por amor, por entrega al genio, por acomodación, por los convencionalismos y por las costumbres de cada época, por machismos, etc. Y, a pesar de todo, desde la perspectiva del "Arte", muchas de las grandes obras maestras tienen como protagonista una mujer: sin importar si es esposa, amante o la musa; muchos artistas se han servido de sus esposas como modelo de actividad creativa. Ellas fueron mujeres sometidas "al creador", prácticamente sin condiciones, signif

icaron su apoyo, su estabilidad física y emocional, su amor, y, a la vez, fueron utilizadas como modelos para sus creaciones y experimentaciones plásticas.
Varios son los ejemplos que definen ese doble estatus de la mujer del artista en cumplimiento de unos objetivos específicos, como el de mantener la armonía y el equilibrio de este, porque retrataron a las mujeres, por un lado, ostentando su status, una posición conseguida desde unos momentos previos más difíciles, y por otro, las representaron en el ámbito del hogar, junto a los hijos; un aspecto intimista que es reflejo de la consistencia y firmeza de la relación. Amores, sentimientos, emociones, pensamientos, sobre los que apenas ellas dieron testimonio, salvo el que puede leerse en sus miradas y en el gesto en los cuadros que con sus esposos posaron.
El toreo, como la vida y como el amor, sólo merece la pena si se corren riesgos y desde hace muchos años (existen pruebas de ello) también está presente la mujer, muchas de ellas como protagonistas de la fiesta enfundadas en sedas y oros arriesgando su vida como el que más, otras, la gran mayoría, lo hacen desde otra trinchera siendo las mas sobresalientes las que tienen cercanía cotidiana con los toreros.
Porque me atrevo a asegurar que todas las mujeres que están inmersas dentro de la fiesta de los toros, están hechas de una raza muy especial, en el caso de las que son madres de toreros diré que este todavía no había nacido y ya vivía en su vientre y le daba patadas para que le abriera la puerta a la vida, quería nacer, ser niño, aprender a decir mamá. Lo anidó dentro de su seno en cuclillas, a oscuras, hasta que dio a luz, esperó nueve meses y después brotó del enigma de la fecundación. Le engendró con amor, vela callada el fuego de la vida de su hijo torero. Porque la madre de un torero no es un buzón, pero siempre trae buenas nuevas; no es una caja de seguridad, pero puede guardar un secreto; no es un caramelo, sin embargo endulza tu vida; no es un cofre, pero en ella encuentras el mejor tesoro: el amor generoso, un sentimiento indescriptible que arraiga en el corazón. Dicen por ahí que lo que aprenden babas no lo olvidan barbas. Amor es el plato del día que mejor cocina una madre, es una mujer coraje que siente el fuego de la pasión en la llama; es recia como una encina, es símbolo de fuerza y perseverancia, es la madre de un torero.

Porque se siente muy orgullosa de ello, es una circunstancia que le hace ser más fuerte que otras, pero sin renunciar a ser “una mujer normal”; en nada se parece a las anécdotas que rodean a las madres de los toreros de antaño, que se sentaban a rezar esperando noticias con el alma en vilo. Ahora, es todo lo contrario, muchas veces están con la maleta preparada para ir a donde su hijo vaya (dentro de lo posible) a donde este tenga que torear. “¿Por qué? Porque para lo bueno y para lo malo quieren estar allí”. Se sentarán junto a sus amigos o conocidos en un tendido de la plaza de toros y muy pocos la conocerán, es mejor así”. Con el rosario siempre colocado en una mano con discreción y orando en silencio, sin hacer aspavientos, cuando se trata de torear, la primera en estar apoyando y animando al torero es ella, desde que lo anuncian, en la mañana del día de la corrida, en la plaza, en la puerta de la enfermería; siempre tratará que sean pocos los que sepan que es la madre, a no ser que sea alguien muy cercano. Si le saludan porque la reconocen, es discreta. Y quizá porque en algunos casos son muchos años ya, los que llevan viendo toros y sufriendo en silencio, saben ver al animal, saben si repite, que no hace extraños, o que hay que meterlo poco a poco en la muleta y arriesgar, pero oran en silencio.
Pero ¿que decir de las hermanas, las amigas, las novias, las esposas o las musas en la fiesta de los toros? Ellas aman lo que hace el torero ¿por qué? Porque amar es sentir cariño y unión, no solo material sino espiritual, amar es sentir a la otra persona y que ésta te sienta a ti, amar no es tener un anillo de compromiso o estar unidos bajo el titulo de novios, amar es pensar en el otro sin llegar a la obsesión, amar no son cuatro letras, amar es vivir. Y porque como lo describió Iris Cortés realistamente: amar a un torero es tan complicado como el mismo arte que él ejerce, es gozar sus triunfos y sufrir en sus derrotas. Es dar gracias a Dios porque lo mantuvo con vida, es entender sus silencios para después, entender las palabras en su mirada. Es tener fe en su conocimiento y en sus movimientos, porque un paso en falso le costaría la vida. Porque es sufrir tarde con tarde y al final de la jornada recibirlo con un abrazo.
Este es el significado y la esencia de la mujer en la fiesta de los toros.



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