viernes, 23 de noviembre de 2012

EL VILLAMELÓN


El villamelón en la fiesta de los toros
En los toros, en el futbol, en el box, en el teatro y en todo tipo de espectáculos, nunca faltan los “expertos” que se nutren de la esperanza de que los demás los tengan por eruditos: porque con soltura expresan sus “sabias opiniones”, pero pronto dan a ver lo hueco de sus razonamientos, estos personajes, fáciles de detectar, desde mediados del siglo XIX son llamados villamelones.
La historia de esta curiosa palabra comienza en España, donde a finales del siglo XVIII o quizá principios del XIX dieron por llamar melones a quienes consideraban tontos, acepción que aún conserva el diccionario. Luego, el ingenio popular creó el hipotético pueblo de Villamelón, de donde provendrían estos personajes con mote de fruta que, siendo rústicos e ignorantes, intentaban incorporarse a la “culta” sociedad española de aquel tiempo.
Cuando alguien, queriendo hacerse notar, externaba opiniones evidenciando su ignorancia, solía decirse: «Éste viene de Villamelón». Huella de lo dicho se encuentra en la edición del 13 de mayo de 1883 de la revista Madrid Cómico, donde a manera de epigrama e ilustrado con un dibujo en donde se ve desfilar a un grupo de personajes rústicos, se lee lo siguiente: “Semos de “villamelón”, no sabemos “escrebir”, venimos a la “junción” ¡nos vamos a divertir!
En esa misma época, existió en Madrid una revista taurina llamada La Lidia, en la que escribía un personaje que se firmaba como “Don Jerónimo” (que en realidad era Antonio Peña y Goñi, director de esa publicación), y fue él, quien promovió el término villamelón, para criticar a los aficionados que, a su juicio, no sabían apreciar el arte del toreo. En la edición del 18 de octubre de 1886, escribió un artículo jocoso al que tituló «Los aficionados de Villamelón».
Lo inició escribiendo: «Hay en España un pueblo verdaderamente notable, cuyos habitantes forman, a manera de los bohemios, tribus nómadas que se desparraman por toda la Tierra…». Luego, justificando la abundancia de tales especímenes, en otra parte dice: «Lo más asombroso de Villamelón, es la extraordinaria fecundidad de sus mujeres…», y también aclara: «El rasgo característico de los de Villamelón, es querer hablar de todo y entender todo, sin haber estudiado nada». En la edición del 10 de abril de 1887, Don Jerónimo contó que el periódico mexicano La Sombra de Pepe Hillo, en la edición del 30 de enero de 1887, reprodujo su artículo «Los Aficionados de Villamelón». Con esto, se puede explicar cómo es que se difundió la palabra en México, porque incluso en 1894, apareció un articulista taurino que escribía en el diario mexicano El Puntillero, que firmaba con el seudónimo de “Villamelón” y su nombre era Antonio Hoffman; años después a mediados del S XX, fue utilizado también por un gran aficionado a los toros Don Aurelio Pérez Sánchez.
Del toreo, la palabra pasó al teatro, al cine, al futbol, al box y a todo tipo de eventos en los que nunca falta el que, por hacerse notar, habla sin poner sustancia en sus opiniones, tal como lo hacían en España los imaginarios habitantes del hipotético pueblo de Villamelón. Y desafortunadamente son éstos, los villamelones, los que están haciendo mucho daño a la Fiesta Brava, los que van sin saber, sin conocer, sin disfrutar, sin amarla, sin apasionarse, porque van a gritar estupideces al torero en turno y a silbarle al picador sin conocer su verdadera función u oficio, porque no conocen nada de toros y creen que si, porque se emborrachan y terminan con lo bonito del momento, con el hermoso ambiente que existe en las Plaza de Toros.
Como muestra del villamelonismo en su máxima expresión por parte de aquellos que se acercan a la fiesta brava, narraré un suceso ocurrido en la recién desaparecida Plaza de Toros “El Relicario” de Puebla, Puebla, en México:
Se presentaba el rejoneador Diego Ventura (Nacido en Lisboa, Portugal, el 4 de noviembre de 1984, pero avecindado en España), quien llegó precedido de un gran aparato publicitario, que logró, que muchos aficionados y no aficionados acudieran al conjuro de éste para verle torear a caballo, y ¿que fue lo que sucedió? Que después de el matador Israel Téllez (quien vistió de azul celeste y oro) realizó un quite muy lucido a su toro, una pareja de amigos (que tal parece acudía por primera vez a los toros), preguntaron al aficionado que se encontraba a su lado ¿Verdad señor, que el de azul es el rejoneador? Y sin esperar la respuesta del interrogado, el otro se adelanto aseverando; Cómo crees, ¡El rejoneador es él de a caballo! A lo qué su compañero refutó: ¡No seas wey (expresión mexicana utilizada muy frecuentemente de unos años a la fecha, que puede ser utilizada como para decir tonto), los de a caballo son los picadores!

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