jueves, 26 de julio de 2012

DOÑA CONCHITA BARBOSA DE FERNANDEZ .. EN SU RECUERDO


Desde los lejanos días de la infancia la recuerdo como una mujer trabajadora, siempre de buen humor, abnegada a su religión y con un inconmensurable amor por sus hijos: Manuel Antonio, Wilberth José y Mario Ernesto, sentimiento que ellos en todo momento, lo puedo afirmar, le hicieron reciproco con creces.
Su domicilio, situado en la calle 37, casi esquina con 26 A, lo tengo presente en mi memoria como fotografía; un lugar en donde se respiraba, además de aromáticos olores de la fina gastronomía que le distinguió al grado de editar 3 libros que son indispensables en todo hogar Carmelita, también se percibía una paz y tranquilidad sin comparación, además que siempre resaltaba lo atildado y la pulcritud de todos los rincones de su hogar, porque eso fue su casa, un hogar en donde, ante el repentino fallecimiento de su esposo, Don Manuel Diego Fernández Castilla, con una envidiable abnegación se dedico a sacar adelante a sus tres hijos, procurando en todo momento, inculcarles valores y un ejemplo de honestidad, tenacidad , esperanza y trabajo.
Doña conchita, como cariñosamente le llamamos quienes le conocimos y tratamos, nació en Bolonchén de Rejón, municipio de Hopelchén , un 28 de julio de hace algunos lejanos años. Llegó a radicar a la isla del Carmen en el año de 1955 laborando durante casi dos décadas en el Instituto Mexicano del Seguro Social, sitio en donde se desempeño como maestra en cocina y repostería, independientemente que formó parte de diversos organismos e Instituciones altruistas lo que la hizo merecedora a la medalla” Ciudad del Carmen”, presea que otorga el Ayuntamiento al mérito ciudadano a aquellos ciudadanos que por su contribución en los campos de la ciencia, el arte y el altruismo, hayan destacado  y dejado huella perenne y vaya que doña Conchita lo logró.
Fue en el año de 1976, cuando al concluir mis estudios primarios, mis padres me premiaron con un viaje al mundo de Disney , en Orlando, Florida, procurando mi seguridad y la de mi hermano Luis Javier , en manos de doña Conchita, quien durante varios veranos organizo excursiones al mundo de los sueños de pequeños y adultos. La anécdota de esa ocasión fue que en un parque temático, ya desaparecido, “Circus Worlds”, me distraje comprando una Hamburguesa y de pánico fue mi sorpresa al percatarme que el autobús que nos transportaba ya había arrancado y a la distancia lo vi con rumbo a la carretera. Lo que aun me sorprende fue el valor y arrojo que tuve a mi corta edad  y paré un automóvil de una familia canadiense, como pude les indique que mi madre iba en el bus y después de varios kilómetros le dimos alcance. Menuda sorpresa se llevaron todos, mi hermano, creyendo que iba sentado adelante y doña Conchita, pensando que estaba en la parte trasera, que susto le pegue y cada vez que nos veíamos me lo reprochaba con su mirada cargada de afecto, de esa clase de afecto que nace del corazón y se queda ahí para siempre.
                                                     
Al siguiente año, volví a ir en excursión con ella, en esta ocasión, integrado por gente adulta y los únicos niños fuimos Quique González, Julio Loría y un servidor, quien ya con la “experiencia” de ser mi segundo viaje a Disney, nos despegábamos del grupo de los adultos y recorríamos los parques de diversiones sin su vigilancia pero siempre atentos a no incurrir en lo mismo del año pasado; recuerdo que Quique y yo hicimos una terrible mancuerna en cuestiones  de travesuras propias de la edad aunque un poco precoces, tal cual fue siempre nuestro carácter. Años de sueños, momentos imborrables y días inolvidables.
Con los años, crecimos, cada quien todo el rumbo de su vida pero el cariño y respeto por Doña Conchita permaneció hasta el ultimo día de su fructífera existencia; meses antes que se desligara del mundo terrenal, en su hogar, a Enrique Iván y a quien esto escribe, en unión de nuestras familias, nos invito a comer, esmerándose en todo momento por atendernos, ante la reprobación de sus hijos y desde luego, de los convidados, nosotros, quienes le pedíamos que se sentará a platicarnos anécdotas suyas y nuestras de aquellos viajes, pasando una tarde inolvidable, siendo la última ocasión en que tuve el honor de disfrutar de su compañía.
 En enorme corazón de Doña Conchita Barbosa de Fernández dejo de latir un funesto enero del año del 2006 desperdigando por su paso terrenal amor, ternura, amistades que la quisieron  y respetaron pero lo más importante: tres hijos y nietos que hoy forman parte de nuestra sociedad, siendo personas de bien, respetables y respetados y lo más importante, siguiendo el buen ejemplo que su señora madre les dejo como mejor herencia. Descansa en paz Doña Conchita Barbosa de Fernandez.

                                                                                                                     

2 comentarios:

  1. Rocio Cardenas Argaez27 de julio de 2012, 10:09

    Asi es y fue una excelente Vecina tambien, respetuosa al igual que sus hijos.

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  2. hermosa dama!!! mi paciente en el laboratorio del Imss

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