viernes, 17 de febrero de 2012

Porfirio Diaz y el 42.

Recientemente un buen amigo llegó a la edad de los 44 años. Él, como todos a los que la
vanidad nos pega fuerte después de los 40, me comentó que no era esa su edad sino 42 lo
que me llevó a comentarle una anécdota que fue muy famosa en el umbral del siglo pasado,
un 19 de noviembre de 1901 cuando periódicos de la época daban a conocer una noticia por demás escandalosa. Resulta que la noche anterior, en una residencia ubicada en la calle Ezequiel Montes, en el Distrito Federal, la policía, que siempre vigila, había llevado a cabo un operativo o redada ya que unas señoras se habían quejado en la comisaría que en la mansión antes señalada, había personas de comportamientos “raros” y que además estaban alterando el orden público.

Los guardianes del orden, más por deshacerse de las señoras “arguenderas” que por cumplir
con su obligación, enviaron a un joven e inexperto gendarme a investigar el hecho que
truncaba la tranquilidad, tanto de la comisaría, como de las señoras y de la zona residencial en
cuestión y con la gallardía que le imponía el uniforme, se dirigió hasta el domicilio en cuestión
y secretamente inspeccionó el lugar por fuera y, a través de una ventana, observó diversas
cajas y una gran cantidad de ropa masculina. Lo anterior, dio lugar a que su imaginación volara
y temiendo un golpe de estado o algún atentado en contra del gobierno establecido, regreso
presuroso a la comisaría y rindió el parte de su pesquisa y sospechas. El pobre ingenuo oficial
quizá creía también que su “investigación” le serviría para alguna promoción y a la vez, quedar
bien con sus superiores.

Los oficiales se alarmaron y conglomeraron al mayor número de policías, planificaron una
estrategia a seguir y le avisaron a la prensa. ¡Tremendo error! Al enterar a los reporteros de
la fuente policiaca de la redada, los superiores de la comisaría también querían su pedazo de
gloria y heroísmo. Valientes y ansiosos de salvar a la patria y a sus instituciones, derriban la
puerta de la residencia encontrándose con una peculiar celebración, diría un servidor, similar
a la que tuvieron algunos integrantes de la selección nacional de futbol recientemente, en
Monterrey, N.L.

Pues resulta que entraron, pistola en mano y gritando “alto en nombre de la ley”, o algo
similar y grande fue su sorpresa al encontrarse con un nutrido grupo de hombres mostrando la
felicidad que produce el licor aunado a la liberación psicológica sexual que el mismo también
produce, vestidos de mujer y pintados como tales. El silencio fue lúgubre, señalan que los
únicos que explotaron de hilaridad fueron los reporteros antes de ser echados del lugar por
los gendarmes avergonzados.

Cuenta la anécdota documentada, que en total en la pachanga habían 42 hombres. Todos
pertenecientes a la clase burgués del país. Jóvenes cuyas familias gozaban de abolengo y
riquezas materiales en demasía pero que además, ocultaban sus preferencias sexuales y
aparentaban una virilidad que en sus “reuniones” se desdibujaba. Pero, lo mas complicado del
asunto no fue que estos junior’s estuvieran incurriendo en faltas a la moral o delito similar,

lo grave del asunto fue que entre los detenidos se encontraba Ignacio de la Torre, yerno de
Porfirio Díaz, presidente de México. Cuando el oficial a cargo de la redada lo reconoció, el
terror se apodero de él, su carrera y hasta su vida podrían terminar en ese momento. Lo único
que se le ocurrió al oficial fue esconder al junior en un closet mientras salían los otros 41
afeminados, esconderlo en su casa y negar que hubiera estado el yerno incomodo en la fiesta
de referencia. De esta forma fue como se convirtieron en 41 los 42 comensales de tan singular
velada.

Los periódicos de la época se dieron vuelo con la noticia, en la que, sin embargo, nunca
apareció el nombre del dictador. Su presencia corrió como pólvora en la sociedad de todos
los estratos sociales del México del profiriato los policías no podían mencionar el asunto y los
otros 41 menos, fueron enlistados en el ejército y enviados al vecino estado de Yucatán como
castigo por la vergüenza que le habían dado a sus rancias familias, ahora comprendo por que se practica tanto la cofradía de mano caída en la política peninsular, pero bueno, esa es otra historia.
De ésta forma, amable lector, fue como el número 41, para los mexicanos, es referencia de los homosexuales; el 42 para quienes lo niegan pero lo son y se niegan a salir del closet.

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