lunes, 19 de marzo de 2012

La santa inquisición y Benedicto XVI


En toda la historia de la iglesia católica, apostólica y romana, no han faltado nunca los litigios, los delitos, las persecuciones y la llamada santa inquisición es una de las páginas más horrendas y vergonzosas de su pasado. Ella provoco que toda la estructura eclesiástica se adaptara para facilitar el trabajo de quienes  recibían el encargo de encontrar y destruir a los herejes; la delación, la confesión obtenida con la tortura, el recurso a tormentos públicos y ejecuciones  capitales “para dar ejemplo”, se convirtieron en prácticas habituales y aceptadas, o incluso santificadas.

Frente a los tribunales de la inquisición, un sospechoso se consideraba culpable a menos que demostrará su inocencia. Era esta una praxis que contrastaba con el derecho romano, raíz del actual normatividad jurídica, que señala que quien acusa debe de aportar las pruebas y no al contrario y basado en la presunción de inocencia. Para iniciar un juicio contra de una persona no hacía falta siquiera una denuncia, tan solo era necesario la “fama pública”, es decir, los rumores que hubieran sobre ella. Este principio fue establecido por el papa Inocencio III en 1206.

Las pruebas y declaraciones se recogían en secreto, no solo sin la confrontación sino incluso sin el conocimiento del propio imputado. Para acusar a alguien no se andaban con sutilezas: se podían recoger declaraciones de herejes, de excomulgados, de perjuros declarados y de criminales. Naturalmente también valían las declaraciones obtenidas bajo tortura. Los eventuales testigos favorables corrían el riesgo de ser a su vez acusados de complicidad con la herejía. Los que colaboraban  aportando elementos útiles para la acusación obtenían, en cabio, canonjías  e indulgencias en el “reino de los cielos”.

El sospechoso de herejía era convocado por los inquisidores sin saber los motivos y, cuando se presentaba, a menudo lo primero que le pedían era que se imaginase el motivo de la convocatoria, lo que resulta fácil de imaginar  es el estado anímico de acusado. Durante las audiencias del proceso, el imputado, llamado a responder de graves acusaciones, no tenía ni siquiera el derecho al careo con quien los acusaba: sus declaraciones se leían de forma sumaria, incluso, cuando lograba ser absuelto, el acusado tenía  siempre sobre su cabeza la espada de Damocles  de una revisión del proceso que podía hacer que lo arrestaran de nuevo y lo condenaran. Es más, el propio hecho de haber sido sometido ya a un proceso era una circunstancia agravante en caso de que hubiera otro.

Cabe señalar que durante los procesos de la inquisición, teóricamente ponían en práctica el principio de igualdad de todos los ciudadanos frente a la ley: ningún privilegio nobiliario o eclesiástico podía poner trabas a las investigaciones de la inquisición, bastaba el hecho de que representara algún peligro para la jerarquía o su doctrina.

Existía también un manual de inquisidor, mismo que describe una serie de “astucias” de los acusados en los procesos, como la de dar respuestas elusivas, declararse ignorantes o fingirse locos y, ¿Cómo hacer para distinguir a un auténtico loco del que finge hacerlo? Pues simplemente “para estar seguros habría que torturar al loco, autentico o falso. Si no está loco, difícilmente continuara con su comedia cuando sea presa del dolor”, señala el manual de eymerich. Una solución simple, práctica y eficaz.

Teóricamente, por ley, la tortura podía ser aplicada una sola vez, pero de hecho se repetía hasta que el inquisidor lo creyera necesario, con el pretexto de que se trataba de una sola sesión con muchas interrupciones. ¿Qué le parece? Es todavía en el siglo XVIII cuando cambia de nombre de “santa inquisición “ a “ la congregación de la doctrina de la fe”, desde luego, se dejo de practicar con todas las atrocidades que durante siglos se efectuó mas sin embargo, cenizas quedan por métodos actuales de índole psicológicos y para rematar, un dato más amable lector, con eso de su próxima visita apostolica-politico-electoral a nuestro pais el actual papa, Benedicto XVI, o Joseph  aloisius  Ratzinger,quien perteneció a las juventudes nazis de Hitler, su ultimo encargo en la iglesia, antes del actual, fue la prefectura de de la congregación  de la doctrina de la fe. Queda el dato para la reflexión y el análisis.

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